round doce.

Una tensión, un campo de batalla, el basural de las buenas intenciones, lo áspero, lo ventoso, lo oscuro, lo iluminado, la luz de una vela que se apaga y el eco hacia los años por venir, lanzado desde los años que se fueron. La noche tibia, la tarde fría. El espejo en el que nunca te querés mirar. Los malos pensamientos y los buenos, que siempre hablan más bajo y casi no se escuchan. Los pecados debidos a ninguna religión y la fe pisoteada. El sueño de ser es pesadilla la mayoría del tiempo y vos lo sabés, aunque lo negás y sonreís con todos los dientes para que nadie se dé cuenta.

El medio: el medio exacto y preciso entre lo que deberías y lo que quisieras, y las ganas de mandar todo al carajo. Gritar, gritar fuerte, con el grito desde el pecho y las tripas. Sos un David deforme que trata de salir del barro y apenas asomás la cabeza antes de hundirte de nuevo. Es la pelea de vos contra vos, minuto a minuto, de todos los días, en la que llevás todas las de perder, y por eso estás acostumbrado a la derrota, porque las caídas siempre son duras y siempre son muchas y no importa lo que te digan los mensajeros de la boludez babeante: caerse es más fácil, levantarse es para héroes y los héroes sólo existen en mitos y leyendas.

Sos el asesino lento y sádico de tus ilusiones, pero a veces ganás. A veces, pocas veces, sos lo que quisieras, y algo se acomoda y algo cierra y se encastra como un rompecabezas. ENTENDÉS, y hay sentido, aunque ni entender ni el sentido te sirvan para nada al final, pero al menos te ayudan a resistir los golpes que te das en los momentos en los que el combate se pone jodido y te cagás a palos y no te perdonás nada. En este ring de boxeo en el que sos retador, contrincante y árbitro, el mejor resultado posible es perder por puntos. La única que te queda es aguantar hasta el round doce. 

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