gritar.

Que te rompa la cabeza. Que no te de lo mismo. Que te parta la bocha. Que sea la trompada en la jeta, el trueno que ensordece, el rayo que atraviesa. Que no te deje indiferente, que no sea igual una cosa que otra. Que sea lo que necesitás para despertarte un poco y cambiar el vidrio grueso con el que ves tu realidad por otro que filtre menos las miserias. Que te muestre algo que sos, de una manera que no te imaginaste. Que te quiebre una estructura o dos, que te haga temblar los cimientos, que te llene de preguntas, que te moleste, que te rompa las pelotas. Que te impacte en el medio del pecho y te corte la respiración, así, un milisegundo. Que te de ganas de hacer mierda todo, aunque al otro día tengas que volver a las rutinas del orto que te esclavizan. Que te haga sentir que aceptar lo inevitable de esta vida chota no significa no gritar contra lo choto de la vida. Si es lo único que podés hacer, hacelo. Que no te quiten hasta eso haciéndote pensar que en realidad gritar no sirve. Que tu grito se escuche aunque no le importe a nadie, que te chupen un huevo los resignados, que te la soben los siemprealegres, que te pases por el culo a los festejadores de la vacuidad y el conformismo. Que no tengas miedo de hundirte, porque sólo los hundidos pueden ver el futuro. Que te rompa la cabeza. Que sea psicofango.

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