casi nada sobre mí.

Debo abrir aquí un breve paréntesis – dentro del paréntesis largo que tal vez sea este ejercicio de escritura a mano que tan cautelosamente he emprendido – para explicar que no he devenido escritor por vocación, sino por complejas razones socio-político-económico-psíquicas. En este preciso instante, por ejemplo, más que estar escribiendo quisiera estar, por ejemplo, ideando un juego para computadoras, filmando una película, tocando algo de Bach en el órgano de una catedral antigua (europea) o simplemente sembrando mi semilla en una serie de vientres femeninos, puestos en hilera uno junto a otro hasta donde alcance la vista. Mi relación con la literatura es lo que puedo, apenas, permitirme; lo que, en realidad, los demás me han – hasta cierto punto – permitido. Para decirlo con palabras más duras y más exactas, escribir es más barato y menos peligroso, o más cómodo para mí. Soy perezoso y cobarde, además de pobre; debo, pues, resignarme a escribir, y, todavía, dar gracias por ello. Cierro aquí el paréntesis breve.

Mario Levrero
La novela luminosa.

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