las palabras (des)veladas.
Publicado por g. en 1. los potables., dolorosas verdades., razones para desear el fin de la especie. el enero 15, 2012
Incluso desde lo discursivo, ya desde lo discursivo, las mujeres cargamos con palabras que suenan mal: al menos en castellano, ninguna palabra que refiere a nuestra sexualidad es agradable a la vista, la pronunciación o el oído.
Las palabras que nombran a nuestros órganos, las literales y sus eufemismos, son todas feas. Menstruación, amenorrea, menopausia, menarca, vagina (y todos sus ingenuos derivados para no decir concha, que posiblemente sea la mejor palabra con la que cuenta el género al nombrar su sexo).
¿Cómo se siente una nena que sangra por primera vez al pensar en la palabra “menstruación” o peor aún, en su más acertada “amenorrea”? no existe una palabra coloquial para definir el período de la mujer de forma que no produzca un profundo sentimiento de rechazo o vergüenza. Por eso se apunta a la omisión y a la negación: me vino, estoy indispuesta, el asunto. Siempre un poco susurrado, dicho en velocidad, en secreto, como si fuera algo malo, pecaminoso.
Nos han impuesto gurkas discursivos, han tapado nuestra sexualidad con palabras que quitan las ganas de nombrarlas, ni hablar de tenerlas.
Por otro lado, “virgen”, despojada de su significado, como acomodamiento de letras y sonidos, es una palabra bella, como virginidad. Lo mismo que “puta”, fuerte y contundente como un latigazo.
Claro que al cargar virgen y puta de sentido, éste resulta en desmedro del lugar que le toca a la mujer en el diccionario y en la vida: la virgen, la santa, la nunca tocada, la que no sabe qué es un orgasmo y se pierde una de las pocas experiencias humanas que hacen pensar en los milagros. La puta, la que se vende, la que se regala, la que solo está ahí para goce de los que la poseen, la mercadería hecha carne y placer, la que es en tanto cosa para.
Los hombres, en cambio, se quedaron con las mejores: el pene puede ser verga, chota, poronga, pija, pito (que suena bien, no tiene nada que ver en esta cuestión el muy machista prejuicio del tamaño) y tantas otras que no hace falta enumerar. El semen es la leche, la guasca. Palabras sonoras, asquerosamente divertidas, fuertes, populares, que despojadas de definición son agradables de decir.
Tomemos por caso la erección: (Del lat. erectĭo, -ōnis). 1. f. Acción y efecto de levantar, levantarse, enderezarse o ponerse rígido algo. 2. f. Fundación o institución*. Sin olvidar que se relaciona con erigir (Del lat. erigĕre). 1. tr. Fundar, instituir o levantar. Erigir un templo, una estatua*.
Templos, estatuas, imponencias. El orgullo llevado al pene.
Así, el chico que tiene la primer erección entiende antes o después que erección es poder, es imponer. La nena en cambio, tiene la vergüenza de las palabras malsonantes o los eufemismos en voz baja.
Estamos inmersas en esos laberintos de los que solo se sale por arriba: necesitamos palabras nuevas. Necesitamos nuestras palabras, inventadas por nosotras, desde nosotras, para todos. Para no ocultar lo que somos y lo que nos pasa. Para no escondernos más detrás de los velos tras los que otros, hace mucho mucho tiempo, nos quisieron ocultar.
*buscon.rae.es
currículum vitae.
Publicado por g. en 1. los potables., dolorosas verdades., razones para desear el fin de la especie. el diciembre 1, 2011
A mi favor debe considerarse
(si hay algo digno de consideración)
que soy clase media nacida y criada.
No soy insensible pero lo otro tampoco.
Debe decirse además que soy
un miembro valioso de la sociedad y como tal prescindible.
Que soy atea por comprobación empírica:
descubrí que los dioses a los que rezamos
están muertos o están sordos.
Que los milagros son producto del azar y de la suerte,
la cámara vacía en la ruleta rusa.
Rezarle a la ley de probabilidades no tiene tanta mística.
Soy clase media,
esa que podría comprar sushi un par de veces al mes
si le gustara el pescado.
Que puede pagar online y evitar molestas colas
y contacto con analfabetos digitales.
Que soy condescendiente con los pobres y odio a los ricos.
Que condeno la ocupación en Irak y Afganistán
y la presencia de tropas extranjeras en cualquier parte del mundo
aunque en realidad a mí qué me importa.
Que soy adaptada adecuada racional analítica controlada,
con cimientos fuertes y educación privada de clase media conurbana.
Con experiencia como para empezar a pensar “vas a ver en unos años”.
Pero mentira, no sé nada.
No sé
en qué
momento
me hice
adulta.
Podría tener el mundo a mis pies pero es muy grande y trabajoso
y para qué.
Soy clase media que cría futuros oficinistas
(ni pibes chorros ni empresarios)
que se dejarán la vida por su sueldo en manos de alguno de esos dos.
Puedo ver a los tipos durmiendo en la calle en mi ciudad ciega
y no sentir,
seguir caminando,
ignorar el pinchazo que me grita
deberías llorar parar ayudar gritar detener
esto
así
no va.
Pero no se puede todo me dijeron en terapia.
El dolor del mundo no es mi culpa, soy inmune
salvo la arruga de mi frente y el futuro de mi prole.
Ya colaboré me digo,
me sigo tomando mi juguito exprimido de naranjas naturales
y pienso en la violencia y la inequidad y en que
todo
no
se
puede.
Ya bastante.
Quiero mandar a la mierda la caridad bien entendida,
pienso en eso todos los días mientras te hago creer
que te quiero, que te cuido,
y te engaño, no puedo cuidarte
porque me estoy cuidando yo.
del miedo
de la locura
del derrape
de caerme
de romperme.
De la delgada línea que me separa.
Así que no me escuches,
las mentiras más grandes te las digo a los ojos.
Todo bien. No pasa nada.
un cuento con una vieja*.
Publicado por g. en 1. los potables., todo historias. el noviembre 28, 2011
Tengo varios comienzos para un cuento con una vieja. Están ahí, en la pila de cosas incompletas, en la carpeta de pendientes que guardo para cuando estoy en crisis y no se me ocurre nada. La misma carpeta que no abro cuando estoy en crisis porque me deprimiría todavía más leer esos párrafos abandonados en los momentos en que nada parece querer arrancar.
La vieja siempre es la misma. Pinta de loca, esas locas que viven en la calle, como una que para en una plaza acá a dos cuadras, que anda siempre muy abrigada y carga bolsas, botellas de plástico y un chango con ropa que cuelga de las rejas de la plaza, como si tuviese su propia feria de segunda mano. Las botellas de plástico las llena de agua y las pone a un costado del changuito y se pasea por la vereda, quién sabe si hablándose a sí misma o a algún fantasma. Pero la vieja de mis cuentos no es ésta vieja.
La vieja de mis cuentos inconclusos está llena de arrugas como si hubiera vivido al sol de enero desde siempre. No sé qué edad tiene porque no tiene edad. El pelo gris por falta de lavado. La ropa indefinible, o tal vez sea yo que la veo confusa, igual que en los sueños de los que uno no se acuerda todos los detalles. Es una especie de batón muy viejo de una tela que parece arpillera y tiene manchas oscuras, secas, que en algún momento gotearon de la boca o la nariz. Pueden ser pedazos de comida, quién sabe. Yo no sé, yo la veo sólo en esas situaciones en las que aparece y no la conozco lo suficiente como para andar determinando qué pueden ser esos manchones. Le faltan dientes, los que quedan están podridos y rotos. Lo sé porque la vieja me reconoce y me sonríe con una sonrisa abierta y los ojos que casi se pierden en medio de tanto pliego. Tiene las manos como garfios. Las uñas largas, mordidas en partes, como si las usara para cortar carne o algo y ese algo pudiera quedar enganchado en las irregularidades. Los dedos marrones de cigarrillos mangueados.
Es una marginal y no parece importarle. No tengo datos sobre su vida hasta nuestro encuentro.
Sé que me reconoce.
En una versión, nos encontramos en una parada de bondi. La parada del 39 que está sobre Salta, a media cuadra de avenida Belgrano. Es una vereda angosta, y la cola que se forma en esa parada justo tapa la salida de un kiosco atendido por un nigeriano, donde un tipo que suele estar sentado contra una especie de mostrador toma una gaseosa fría, lee un diario y relojea los culos de las minas que entran a comprar al local. En la cola de la parada hay un señor bajito y pelado, con panza. Corbata floja y camisa sudada. Saco en mano. Pinta de empleado contable con aspiraciones de jefatura que no realizará nunca porque suda demasiado y sus compañeros de trabajo lo odian.
Hay otras personas y la vieja, a un costado en la fila, apartada porque todos se apartan de ella – por ejemplo, dos adolescentes con mochilas punk que se besan con lengua y de a ratos (en especial la chica) la miran de reojo. Pero la vieja me mira a mí. Y me dedica una sonrisa delirante, de otra realidad, y yo siento que ella sabe algo y quiere decírmelo pero no se atreve o yo no la dejo acercarse lo suficiente y me aferro a mi cartera y desvío la mirada deseando que llegue el colectivo y el gordito oficinista que no para de bajar a la calle para hacerlo venir más rápido. Y hasta ahí llego: no sé si dejo pasar el colectivo al que ella sube o si yo subo y ella se queda abajo mirándome fijo y yo también la miro y nos separamos por la fuerza de la velocidad y la veo que levanta una mano y la abre y me saluda y yo no le respondo. No me pregunten cómo sigue. Es de esas historias que en realidad son de otros y son otros los que deben terminarlas.
A veces creo que las ideas sí andan volando. Y una las engancha en el aire, en un error de apropiación. Tratás de hacerlas tuyas pero no podés. Creo que es porque están destinadas a alguien más. Como robar wifi o como enamorarse de un chongo, pero menos efectivo o gratificante: hay que aceptar que a veces no va, dejarlo ir, no encapricharse con hacerlo funcionar, es al pedo.
En otra versión, la vieja es un recuerdo. Yo camino por Corrientes llegando a 9 de julio y primero escucho y luego veo aviones militares. Muchos, demasiados. Oscurecen el cielo, tapan el sol. Otros transeúntes también escuchan y ven y se detienen y empiezan a observar los aviones y el ruido es ensordecedor, están cerca, son tantos que las turbinas no permiten hablar en un tono de voz normal. Pienso en una exhibición hasta que cae la primera bomba. Y las otras enseguida, y todo se transforma en un Apocalipsis de sangre y espanto. Los autos vuelan y matan a los peatones que no fueron alcanzados por los proyectiles. Las explosiones se alejan hacia dentro de la ciudad, los aviones pasan, todo es caos. Hay una mujer con traje ejecutivo, con el brazo destrozado y una cartera de marca colgando del hombro, a punto de caerse. La mujer avanza desorientada, como si no se diera cuenta de que está por perder el brazo que le cuelga de unos cartílagos resistentes. Camina entre los autos dados vuelta y los que quedaron en pie, entre los conductores que tratan de salir de los coches que se incendian, y algunos estallan y se produce un efecto dominó que hace estallar otros autos y la mujer del brazo se acerca a la mitad de la calle y un auto vuela por el aire y la mujer desaparece y la cartera cae humeante a pocos metros míos que estoy ilesa pero sorda salvo por un silbido que me da dolor de cabeza. Un nene le agarra la mano a una mujer muerta y llora y grita mamá mamá pero nadie acude, todos están aturdidos y yo reacciono y escapo por una calle lateral, pongamos Talcahuano. Hago un par de cuadras y me desmayo. Despierto en una calle desierta, otra a la que no sé cómo llegué. La cabeza contra el cordón de la vereda. Sangre en la calle, sangre mía. Me levanto, me duele todo el cuerpo, tengo un regusto a hierro en la boca, me toco y siento un diente flojo a punto de salirse y tiro, sale. Vomito y el gusto a hierro se mezcla con un almuerzo que tomé en otra vida, mi último almuerzo, que se mezcla ahí con el rojo en el asfalto y por la calle no pasa nadie, entonces me acuerdo de la vieja que me crucé esa mañana camino al trabajo al que no voy a ir más. La vieja que me miró y me sonrió y sí, me habló. HOY SE ACABA TODO, me dijo y las palabras quedaron flotando más tiempo que ella, que pegó media vuelta y se alejó rengueando y yo pensé que la vieja estaba loca y no hice caso porque no es cuestión de andar pidiendo explicaciones a todos los locos que uno se cruza. Y ahí muere la historia, porque la vieja no encaja acá tampoco y me corta la inspiración. O tal vez sea que no puedo escribir sobre la guerra porque nunca estuve en una y hay que escribir sobre lo que uno conoce, todo lo demás es falso y artificial, no sirve y queda incompleto, trunco. La vieja sigue sonriendo en mi cabeza, en el lugar en el que descansan todos los personajes que todavía no conozco, los que vi pasar nomás en la bruma de lo que puede ser una imaginación o un atisbo de mi destino.
*este post fue leído en la fiesta Psicofango 2, el 27 de noviembre de 2011 en La Cuadrada de Mar del Plata.
psicofango 2 (la venganza de los muertos vivos).
Publicado por g. en haciendo amigos., minucias. el noviembre 25, 2011
Vieron cómo es, funciona la 1 y ya se ponen a hacer la 2. Si andan por Mar del Plata dense una vuelta, no se van a arrepentir, va a haber buena música, gente leyendo de a ratos (a la que le pueden tirar tomates, no hay problema) y parece que hasta algún piropo procaz.
Tenemos página en facebook, denle “me gusta”, sean buenos: Psicofango.
la mujer de los días perdidos.
Publicado por g. en 2. los otros., cosas que pasan., todo historias. el noviembre 16, 2011
Primero perdí un martes. Cuando vi el acolchado con el que me había acostado bien doblado sobre el sillón al lado de la ventana, creí que me había confundido al pensar que estaba puesto o que tal vez lo había sacado en medio de la noche, acalorada. Pensé en calores y en la menopausia y me dio miedo como siempre que pienso en eso porque no me gusta pensar en que se me pueda secar la concha y empiece a tener problemas de los huesos. Mi psicóloga me dice que soy una exagerada, pero claro, ella no está en mi lugar, es una pendeja divina que todavía seguro ni se preocupa por esas cosas, así que no le doy pelota y me sigo amargando por el tema porque tengo derecho, a mí me va a llegar antes que a ella y le pago para que escuche mis traumas.
La sospecha del martes perdido se acentuó cuando mi hijo no me pasó a buscar para llevarme al curso de bonsai filipino, una asombrosa técnica de relajación en la cual los músculos se contraen, una se hace más pequeña y realiza movimientos sincronizados de pelea filipina en cámara lenta. Es muy recomendable pese a ser costoso, pero vamos, los gustos hay que dárselos en vida, por lo menos así me parece a mí, qué sé yo.
¡Cuando lo llamé y me dijo que era miércoles! Entramos en una discusión de esas: pero mirá si hoy no va a ser martes, qué estás diciendo, me querés hacer pasar por loca, hijo de puta, seguro esto es culpa de tu padre. Esas discusiones que nunca terminan bien y que no sé para qué me gasto en empezar porque el muy desamorado me termina cortando.
No me quise asustar. Pensé que era de esos errores comunes que se cometen cuando las actividades son siempre las mismas, una rutina que lleva a cualquiera a confundir un martes con un miércoles o un jueves con un viernes.
Aunque la inquietud, debo confesarlo, me asaltó cuando me senté a trabajar. Trabajo en casa, soy la creadora y administradora de la Fundación “Aparato serás vos”, un espacio de inclusión para todos los niños que son discriminados por usar frenillos hasta los doce años (les decimos “frenillos” porque creemos que decirles “aparatos” es despectivo y suele ser el insulto más común que reciben estos pobres chicos junto con “dientes de metal” y otros bastante más ásperos que no voy a ponerme a citar acá).
Fue cuando me puse a chequear los mails que me di cuenta. Todos los correos sin leer fechados en miércoles. Y los del martes respondidos. Revisé el calendario, no fuera cosa que en una de esas se hubiera corrido y… pero no. Incluso antes de mirar ya sabía que algo había pasado con mi martes. Pensé en llamar a alguien, mi psicóloga por ejemplo, ¿pero cómo explicárselo para evitar una acusación de locura o delirio?
Pasé el miércoles tratando de pensar lo menos posible en mi martes. Al día siguiente, me desperté y era jueves, así que me alivié y para el sábado ya me había olvidado del asunto.
Ojalá hubiese quedado así.
Lo que perdí después fue un viernes. Y eso fue mucho peor, claro. No sólo por la repetición, que convertía un hecho aislado en síntoma, sino porque bueno, ustedes saben que los viernes son mejores. Digo, creo que todos estamos de acuerdo en que los viernes están al menos entre los dos mejores días. En mi caso, los viernes cojo. Llamo a un muchacho muy discreto que atiende a otras chicas acá en el country y me lo quedo toda la noche. Facundito, le decimos, y yo no les puedo explicar lo que tuve que hacer para tener los viernes a la noche con Facundito. Las otras mujeres pueden ser muy duras en una negociación de este tipo, pero no me quedé atrás y lo gané. Perder un viernes era trágico. Significaba dos semanas sin sexo incluso habiéndolo tenido.
Ahí sí llamé a la psicóloga, que me citó en su consultorio a la semana siguiente. El lunes sin falta. El martes no me acordaba de haber vivido el lunes ni de lo que habíamos hablado, así que tuvo que verme de nuevo. Me hizo estudios, no había nada inusual, dijo. Pero yo seguía perdiendo días al tuntún sin poder solucionarlo. Me transformé en un caso clínico. Estudiosos, doctores de prestigio me entrevistaban en ateneos y me hacían mil preguntas. Después se miraban entre sí y yo me daba cuenta de que estaban desconcertados porque me juraban y me re juraban que creían que sabían lo que me pasaba. No creo en los médicos, me parece que son brujos que conocen de memoria nombres de medicamentos en lugar de nombres de plantas curativas y que son todos comerciantes del primero al último, pero se esconden atrás de un juramento para creerse por encima del resto de los mortales.
Yo estaba tranquila porque me habían asegurado que no era menopausia ni vejez ni nada de eso: ninguna enfermedad del deterioro que me dejara babeante en un rincón sin saber ni el año en el que estaba. Siempre fui una mina práctica así que me organicé: anoto en un papel que dejo en la mesa de luz “Hoy es (coloque el día correspondiente)”. Los correos del día anterior quedan marcados sin leer hasta el día siguiente. Revisión de llamadas y de los mensajes de texto. Una asistente extra en la fundación que se dedica a tomar nota de lo que hago para contármelo al día siguiente si hace falta. Si pierdo un viernes, llamo a Facundito otro día y si puede me atiende y siento que cojo improvisando como cuando era adolescente.
Escribieron un ensayo sobre mí. “La mujer de los días perdidos” lo llamaron. Me pareció un nombre tan romántico que mandé hacer una impresión de lujo que guardo celosamente en mi biblioteca, al lado de los libros del maestro Deepak. El interior es una idiotez: puras conjeturas y cháchara de apariencia académica. Pero el título en el lomo me da placer.
Llegué a la conclusión de que los recuerdos están sobrevaluados y que la mayoría de los días son intrascendentes. Que con tecnología e imaginación se reconstruyen a piacere (cosa que hacemos igual cuando recordamos aunque no hayamos olvidado) y que en realidad somos en el mundo la suma de nuestras acciones y no de nuestros pensamientos. Eso sí: veo mucho menos a mi hijo. Tiene la buena puntería de visitarme casi siempre en los días que no recuerdo. Me encantaría pensar que es culpa de mi ex marido y su capacidad de cagarme la vida, pero la verdad es que a veces las cosas pasan y no hay culpables. En definitiva – un día más, un día menos – no hacen diferencia a la suma de todos.
dialéctica del desamor.
Publicado por g. en 2. los otros., cosas que pasan., dolorosas verdades., todo historias. el noviembre 14, 2011
(o de cómo el tiempo todo lo cura y todo lo vuelve a enfermar)
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Ella nunca entendió por qué. Puede culparse de eso a ambas partes, por falta de claridad a una y por negación a la otra, lo cierto es que fue dejada otra vez.
Tal vez hay abandonos demasiado dolorosos, porque llegan en el peor momento: el de la baja autoestima, el de sentir la soledad más que antes, el de ya no ser joven o esos lapsos en los cuales la humillación y el rechazo golpean más fuerte.
Quién sabe. Seguro no lo sabe ella, que llora ante las miradas extrañadas de los conocidos y amigos que la escuchan hablar de él con esa mezcla de nostalgia y odio que la patetiza, aunque ella no puede darse cuenta. Sólo ve el torrente de seudorreflexiones derivadas de su breve historia con aquel tipo que para ella fue el causante de tanto dolor.
Nada la satisface ahora y los días se le vuelven de plomo. Se levanta a la mañana y prepara el desayuno y hace todo lo que tiene que hacer sin dejar de de elucubrar realidades paralelas ni de pensar en esos pequeños detalles que sin querer capturó enseguida y después rememoró como si los hubiese visto durante años y años.
Es un tipo, le dicen las amigas y a ella se le hace un nudo en la garganta y las quiere matar: ya sabe que es un tipo, lo que no sabe es por qué no puede olvidarse de lo que prometía y no pasó.
No se le ocurre pensar en obsesión. El amor y el odio son emociones demasiado sublimes para teñirlas de definiciones terrenales y psicológicas. Mejor es soñar con lo que pudo haber sido y no fue, mejor es llorar que levantarse, mejor es la ira que aceptar. Aceptar significa reconocer que disfrazó los miedos. Que el hecho de que él no llamara más disparo en ella el mecanismo de angustia y terror al vacío contra el que lucha todos los días. El síndrome de Penélope, diría algún especialista en la materia. Penélope no esperaba por amor, no. Esperaba porque le daba terror aceptar que estaba sola y volar de Itaca para siempre.
Quién sabe por qué ella sufre y odia a un fantasma. Puede aventurarse que el relato de la fantasía es preferible antes que la gris realidad de responsabilidades laborales y familiares. Prefiere imaginar otros desenlaces, y lo que hubiese dicho ella si él tan solo se hubiese dignado a explicar… en esos finales que inventa, en la explicación que no recibió y se abre a la conjetura, ella lo lastima, lo mata, lo hiere, le reprocha, lo castiga, se niega, accede, lo besa, le pega, se lo coje con furia, se lo coje con bronca, se lo coje con ternura, le recrimina, lo obliga a pedir perdón, lo convence, lo consuela, lo abraza, lo perdona. Cada vez que imagina esa secuencia se siente una santa. Cada vez que piensa en los hubiera sido, termina llorando porque él nunca sabrá lo bondadosa que ella es capaz de ser.
En lugar de eso, de la posibilidad del abrazo y el perdón están las preguntas sin respuesta. El llamar y colgar y odiarse por no poder dejar ir ese hilo de esperanza que se regodea en la certeza de que no hay nada que esperar.
Y los que la abrazan y la contienen y la escuchan una y otra vez que le dicen que ella está para más y quién sabe si tienen razón, ella no puede pensar en posibilidades sino en ausencias. Y trata de lastimarlo si puede y cuando puede y sabe que a él no le duele tanto como ella quisiera. Terapia inversa: gritos y reproches para que él se de cuenta de lo que se pierde al perderla.
Quién sabe si ella se da cuenta de que en realidad no lo conoció. Que él fue apenas un extraño y una ilusión. Que hay líneas que se cruzan sin mirar, y al querer volver atrás no existen los carteles indicadores y ahí queda uno, desconcertado en un lugar nuevo en el cual todo lo que se sabe sobre uno y sobre lo que uno construye se viene abajo sin remedio y sin chances de volver a ser.
Puede deducirse al verla ojerosa y deprimida que ella necesitaba algo que él pareció poder darle. Pero quién sabe si él realmente podía darle aquello o si ella lo llenó de atributos y lo situó en el parnaso de los ideales.
Quién sabe. Ella no, ella se olvidó ahora de que todo pasa y esto también – ahora no puede admitirlo, todavía no, todavía el goce puede más –. Y cuando pase, ella mirará hacia atrás como si todo le hubiera pasado a otra, con la risa desdeñosa de lo superado, con la condescendencia de los expertos, de los que han aprendido algo. Y se reirá con sus amigas y les dará la razón. Antes estaba ciega, dirá. Ahora puedo ver.
Hasta que vuelva a encontrar un tipo, uno que sí esté a su altura. Y la venda vuelva a caerle sobre los ojos, hasta el próximo desengaño.
culos y vigas.
Publicado por g. en 2. los otros., dolorosas verdades., haciendo amigos., razones para desear el fin de la especie. el noviembre 1, 2011
Su opinión no molesta. Su opinión merece el respeto que merecen todas las opiniones: es válida para sostener un debate de entrecasa, una charla de café, una pelea de sobremesa. Su opinión no sirve para cambiar el mundo. Es una opinión y nada más. Aunque usted quiera darles peso de sentencia, ensalzarlas, sus opiniones no son más que la elaboración y regurgitación de la suma de su crianza, su educación, sus elecciones de vida y su situación social.
Una opinión es una mera concatenación de palabras acomodadas de forma tal que arman una oración coherente con los principios e ideas del emisor. No tiene valor de verdad, no modifica ni decide.
Por eso no molesta que usted sea antiabortista mientras no impida que las mujeres que quieren o necesitan abortar puedan hacerlo en un sistema de salud que las contenga sin arriesgar sus vidas en la clandestinidad.
Tampoco molesta que esté en contra de la legalización de la marihuana, mientras no denuncie a su vecino por fumarla o cultivarla.
No molesta su homofobia en tanto no agreda ni se burle de los homosexuales porque tienen otras preferencias en la cama. Ni molesta su machismo si se lo guarda para usted y no insulta ni degrada a las mujeres porque no tienen pija o porque tienen tetas.
No molesta que discrimine ni que se crea mejor que otros porque tiene más plata o porque tiene piel blanca, siempre que no salga encapuchado a quemar cabañas.
Su opinión no es más que una opinión.
Una opinión chiquita, ínfima, propia de quien no tiene un espejo para mirar la mugre de su propio culo y anda mirando y opinando sobre el culo de los demás porque es incapaz de ver la viga que tiene clavada en el ojo.
Sus opiniones son como usted, que en mi opinión es imbécil, facista, egoísta e hipócrita, homosexual reprimido, mente chiquita y retrógrada.
Por supuesto, puede estar en desacuerdo. Es su derecho opinar que me equivoco, como es mi derecho creer que por culpa de gente como usted todo está peor de lo que podría estar.
Usted siga gritando que hay que matarlos a todos menos a los fetos, que algo habrán hecho, que por algo será. Yo voy a seguir abogando por el día en que el concepto de “no te metás” sea sinónimo del respeto a la libertad del otro para decidir qué hacer con su vida y su cuerpo.
Quizás algún día entendamos que para convivir en paz basta con no romperle las pelotas al prójimo.
Así que siga opinando como un idiota. Yo seguiré opinando sobre su idiotez.
decálogo y medio.
Publicado por g. en 2. los otros., berretadas., minucias. el octubre 28, 2011
Quince pensamientos sueltos – no necesariamente meditados y ciertamente no doctrinarios - acerca de cómo alcanzar la literatura siendo autodidactas.
1. No haga un diario íntimo. El diario es el depósito de anécdotas que le permiten disfrazar y ocultar su verdad en crónicas del tedio. No se tome esta afirmación como algo personal: nos pasa a todos, vivimos demasiado tiempo como para hacer que cada segundo sea interesante.
2. Escriba sus sueños. No los adorne, escríbalos como salgan. No hay nada más absurdo (ni honesto) que el insconsciente, incluso con las abstracciones que realiza para que su limitada parte conciente decodifique. Allí se esconde lo que usted no quiere ver pero debería. Déjelo fluir así, no lo aleje. No le tema, si hay alguna manera de alcanzar la literatura es soltando eso que le da miedo soltar. Luego depure. Use los sueños como disparador.
3. En lo posible escriba sus sueños por la mañana, apenas se despierta. Intente no comunicarse con nadie ni se lave la cara. Despabilarse equivale a borrar las imágenes que le contó la parte que no quiere escuchar despierto.
4. No invente un personaje de sí mismo para mostrarse: no escriba lo que quisiera ser sino lo que ya es y puede conocer. Esas construcciones dejan en claro que usted está mintiendo y no hay nada que mate más la literatura que la mentira.
5. Nunca se realce. No se adore tanto como para escribir sobre usted desde arriba de un pedestal. Ódiese, escríbase desde el odio y el desprecio. Desnúdese, mírese en el espejo de sus miserias. No se justifique. No se defienda. No quiera ser el héroe de sus relatos.
6. Es lo que es y seguro tiene puntos miserables que mostrar. Pero no se pase. No intente ser un escritor de miserias. Usted no es Bukowski, no lo imite. La intención de ser peor de lo que en realidad es denota diseño sin contenido. No invente, transmita. Los hilos sueltos en la escritura (los intentos de impresionar) se deshilachan con velocidad.
7. Los lectores no son sus amigos. Los lectores son personas que no lo conocen y que no tienen ganas de escuchar sus aburridos pormenores cotidianos. Como todos los vínculos, la relación con los lectores se construye. No la fuerce.
8. Ponga el foco fuera. Su mirada tiñe todo lo que observa. De ese modo podrá contar(se) describiendo el modo en que un perro mea un árbol.
9. Si va a hablar sobre usted, hágalo en tercera persona y aléjese lo más posible. Despersonalícese. Evalúe qué tan interesante es el relato y sepa diferenciar las cosas que son solo para sus ojos de las que son para compartir.
10. No crea que la literatura es igual a un proceso de autoanálisis consciente: solo logrará ahorrar en psicólogo, lo cual no está mal pero no le traerá resultados literarios.
11. La catarsis muchas veces no es literatura, aunque la literatura siempre es catarsis. No es una relación simbiótica.
12. Adquiera buen gusto. Sea crítico con su producción. Lea lo suficiente como para comparar. El gusto se educa. Es preferible a veces ser demasiado duro con uno mismo que exponer un relato mal enfocado, que no está listo o que no funciona.
13. Antes de dar a conocer un material léalo como si no lo hubiese escrito usted: si no siente algo, ni lo muestre. Sienta ese calor similar al orgasmo, sienta ganas de llorar o de reír. Si no le pasa ninguna de esas cosas, descarte y vuelva a empezar. Recicle.
14. Nadie será tan sincero con su producción como usted, si desarrolla su capacidad autocrítica. Valore lo que hace pero no lo exalte. No se mienta.
15. Si alguno (o ninguno) de estos puntos le sirve, ignórelos y simplemente siga escribiendo.







