mal de muchos.

2 12 2009

Que si Facebook es de la CIA. Que si es una herramienta de control.

Son las nuevas conspiraciones, las nuevas teorías del panóptico.

Bueno. Supongamos que Facebook es de la CIA.

Aceptemos por un momento que es una base de datos para controlar nuestros gustos y consumos.

Si sabemos eso, o lo creemos – es más una cuestión de fe que otra cosa, ya que es incomprobable -, ¿entonces por qué motivo nos declaramos revolucionarios en facebook?

¿Cuál es la razón por la cual uno se “hace fan” de una “causa”? – dos conceptos que jamás deberían juntarse, pero que hoy son moneda corriente para una masa de estúpidos que no saldrían a defender con la vida ninguna de esas propuestas que tan compulsivamente apoyan en el mundo virtual -.

La respuesta es sencilla, aunque desagradable: todos los días miles de personas opinan apasionadamente sobre asuntos que muchas veces ni siquiera terminan de entender, porque no se preocupan por investigar de qué se trata ni por ir más allá, porque lo que más les interesa es que todos sepan cómo piensan.

“Así pienso yo. Éstas son las cosas que apoyo, éstas son las cosas en las que creo, éstas son las cosas que quisiera cambiar del mundo si no estuviera tan ocupado posteando boludeces. Porque esto me angustia, y quiero que todos lo sepan, para que vean qué persona sensible, preocupada por el otro que soy. Si un solo delfín en Dinamarca sufre una muerte horrible, yo voy a indignarme muchísimo, tanto, pero tanto que voy a postear mi indignación. Si creo que el 11 de septiembre fue un trabajo interno, me voy a sumar a la página, para que todos se enteren de que yo no como vidrio, y no creo todo lo que dice el poder. Si. SI. Soy un loco bárbaro”.

Ahora bien, ¿usted no se puso a pensar que si Facebook realmente fuera de la CIA darle ese uso es como darles el dato para que lo vigilen y lo vengan a buscar?

¿Acaso usted cree que si el Che Guevara hubiera tenido Facebook, se hubiese hecho fan de la página “Basta de represión en Bolivia”?

NO. Estaba muy ocupado haciendo, contrariamente a usted y a los millones de quedados que como usted pasan el día viendo qué acotan los demás para coincidir o discrepar. Es hora de que lo sepa, a los otros no los motiva a escribir su inteligente reflexión, aportar y enriquecer a un comentario o a un link suyo. Lo hacen por lo mismo que usted.

Egoísmo y paja mental.

Nadie que adhiera a causas en Facebook quiere cambiar realmente el statu quo. Simplemente quieren ver quien es el mejor, el más inteligente, el más comprometido con la realidad. No hay nada más enojoso que ver competencias de angustia existencial, ¡en Facebook!.

No podemos saber cuál es la finalidad última de una red social. Pero en función de nuestra conducta en ella sí podemos confirmar – una vez más – que somos idiotas.

Que el 98% de la humanidad es entre bastante pelotuda y muy imbécil. No son datos chequeados, están basados en la más pura y simple observación.

Es una realidad lamentable que ya no podemos eludir, si queremos vivir al menos los últimos años que nos quedan como especie en forma digna.

Asi que dejemos de culpar a Facebook, a la CIA, al Gobierno que nos corresponda, a las corporaciones, por estar hundidos en la mierda.

No podrían nada contra nosotros, si no fuéramos unos completos y absolutos imbéciles que tomamos una herramienta creada buscando contacto y diversión y la convertimos en catalizador ante nuestra absoluta falta de coraje para modificar nuestro entorno.

Piénselo la próxima vez que se entusiasme con algún discurso de pacotilla y esté a punto de presionar el botoncito “hazte fan”.

No se mienta. Si lo único que es capaz de hacer es eso, entonces no le molesta tanto.





la muerte es una oficina pública (II).

1 12 2009

La parte I está acá abajo así que no la linkeo.

Mueva el dedo que no se va a acalambrar.


*****

La puerta se abrió al instante. Un hombre bajito y pelado, con traje y pequeños anteojos con marco redondo se acercó a él extendiendo la mano.

-    Mi nombre es Pedro, usted es…

-    Jorge, Jorge Carides Herrare – se levantó de un salto al comprender – usted no será ESE Pedro, ¿no?

-    No, soy OTRO Pedro, ese está retirado hace rato, pero sabemos que inspira confianza en los nuevos que el Jefe de Admisiones se llame así. Bien, señor Caries Herrera…

-    CariDes HerrAre.

-    ¿Cómo?

-    No es Caries Herrera. Es Carides Herrare.

-    Ah, muy bien, muy bien, disculpe. ¿Cuál es el problema?

-    ¿¿Cómo cuál?? la señora me manda al infierno, ¡ése es el problema! –sacudió el papel con la mano temblorosa.

La mujer abrió la boca, pero Pedro la detuvo con un gesto de la mano.

-    Claro – respondió – ¿Dónde pensaba ir?

-    Bueno, no sé… – Jorge balbuceaba, no esperaba esa respuesta y cada vez estaba más confundido – el purgatorio, supongo.

El funcionario negó con la cabeza.

-    En el brochure explicativo dice claramente cómo se desarrollan las cosas acá…

-    ¿Qué brochure? ¿De qué me habla? ¡Yo estoy muerto!, ni siquiera creía que hubiera algo después, y aparezco acá, nadie me dice nada… – Jorge se sentó de golpe. Puso la cabeza entre las rodillas. – No me siento bien, creo que estoy hiperventilando.

-    Pero escúcheme, ¿no le dieron el brochure?

Jorge estaba pálido, y respondió en voz tan baja que el hombrecito tuvo que acercarse a él para oírlo.

-    Yo no quiero ir al infierno. Yo fui bueno, salvo los CD que me robaba de la oficina y esa vez que mandé al frente a González y… bueno, está bien, no me porté tan bien, pero no me merezco el infierno por eso, ¿o sí?

Pedro miró a la mujer.

-    Hombre, no le dieron el brochure.

-    Ni idea – respondió ella, desinteresada – yo entré y estaba acá.

El Jefe de Admisiones tomó a Jorge de los hombros y le habló con mucha tranquilidad.

-    Señor Herrera.

-    Herrare.

-    Herrare, le pido disculpas, hubo un lamentable error en su proceso de transición. Es nuestra costumbre que al llegar a esta oficina ustedes estén bien informados acerca del procedimiento para esta nueva etapa.

El tono de voz tranquilizador reconfortó a Jorge.

-    ¿Entonces no voy a ir al infierno?

-    Usted ya está en el infierno, mi amigo. Pero no es lo que usted cree, es la primera fase, hasta que cumple con los años de aportes necesarios para el retiro. Llamamos infierno a la fase laboral post mortem. Si hubiera leído el brochure…

-    ¿Pe- pero… o sea que tengo que trabajar? – Jorge podía notar como el miedo irracional cedía ante la indignación creciente.

-    Al igual que todos, ¿ó como cree que llevamos adelante las cosas del otro lado?

-    Mire, yo vengo de allá, y le puedo decir que las llevan mal, muy mal – la perspectiva de los próximos años no era para nada alentadora y le había quitado a Jorge no solo el temor, sino la paciencia.

Pedro se puso a la defensiva.

-    Bueno, no es fácil eh. Estamos sobrepasados de trabajo allá, acá cada vez hay más ingresos, ya va a ver lo que es.

-    Yo no quiero ver nada, no me morí para seguir yugándola como un perro. No pienso mover un dedo, ¿me escuchó?

La mujer detrás del escritorio se levantó de golpe, interrumpiendo ruidosamente.

-    Ustedes los recién llegados son graciosos, con su ingenuidad. ¿Usted qué se piensa, que “imagen y semejanza” es una frase y nada más? –exclamó, mientras guardaba los papeles en un cajón del escritorio y tomaba su cartera. -  Haga el favor, vaya a Asignaciones y no nos moleste más con sus pretensiones de bataclana. A ver si se piensa que vamos a hacer una excepción porque es usted.

-    Si me hubieran dado el brochure como corresponde…- Jorge los miraba a ambos con los brazos cruzados, y con el mentón levemente elevado.

Pedro iba a repetir las excusas, pero la mujer no se lo permitió.

-    El señor ya le pidió disculpas, ¿qué quiere, fuegos artificiales también? – Tomó a Jorge del brazo y lo forzó a caminar hacia la salida – Dos ventanillas después de Asignaciones está el área de Quejas. Vaya, pida el libro y déjese de protestar, vamos.

Abrió la puerta y empujó a Jorge suavemente pero con firmeza. Mientras cerraba, la voz del recién llegado se iba apagando.

-    ¡Esto es maltrato! Claro que voy a presentar una queja, se piensan que a uno lo pueden atropellar así como así. Yo también tengo derechos y…

La oficina quedó en silencio. Pedro miró a la mujer.

-    Gracias.

-    De nada. Me voy, se hizo tardísimo.

Pedro se sentó en la silla de la oficina, agotado por la escena que acababa de vivir.

-    Qué cosa eh. Seguro es porteño, ¿no?

-    Sí. Son todos iguales.

-    Tremendos. Hasta mañana, Magda.

-    Hasta mañana Don Pedro –

La mujer se desvaneció, dejando al hombrecito sentado en medio de la oficina, moviendo cansadamente la cabeza.





la muerte es una oficina pública (I).

29 11 2009

Fue casi un acto reflejo. Encendió el cigarrillo y le dio una pitada, en esa oficina fría en la que había aparecido apenas dos segundos después de que los médicos lo declararan clínicamente muerto.

Lo saboreó y lo disfrutó enormemente. Hacía varias semanas que no podía fumar, entubado como estaba en esa cama en la que uno a uno sus seres queridos se habían despedido de él.

Pensó en su esposa, ¿qué sería de ella ahora? ¿Volvería a casarse pronto, o se quedaría sola esperando el momento en que volvieran a estar juntos? Esperaba que no, pero a la vez esperaba que sí. “Se ve que ni muertos dejamos de ser contradictorios”, pensó amargamente.

Jorge estaba sumido en esos pensamientos cuando se abrió la puerta de la oficina. A través de ella entró una mujer voluminosa, con los cabellos mal teñidos de rubio ceniza. Vestía un uniforme celeste que no acentuaba precisamente sus atributos, si tenía alguno.

-    Está prohibido fumar, caballero – soltó secamente mientras se sentaba frente a él con una pila de papeles y una Bic azul con la punta explotada.

-    No me va a decir que da cáncer…- como siempre que se ponía nervioso, se escondió detrás del humor negro. Le dio placer descubrir que la muerte no lo había cambiado.

La mujer lo miró por primera vez, como quien ve volar una mosca.

-    El humo nos molesta a todos, no solo a los vivos.

-    ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?

-    Oficina de admisiones, área América Latina – la voz, casi robótica, inició un ritual repetido infinidad de veces – Nombre completo, por favor.

-    Jorge Carides Herrare.

-    Jor-ge-Ca-ri-des-Hee-rre-ra – los dedos se movían con parsimonía manejando la birome sobre el papel.

-    No, no. HerrArE. Con A y E, al revés. HerrArE.

Irritada, la mujer abrió un cajón del escritorio que los separaba, mientras lo miraba como si él hubiera sido el responsable del error. Sin dejar de mirarlo, tomó corrector, lo sacudió y modificó el apellido.

-    Suele pasar, no es un apellido común y…

-    ¿Edad?

-    42.

-    ¿Ocupación?

-    Oficinista.

-    ¿Ciudad de procedencia?

-    Buenos Aires.

-    Firme aquí, aquí, aquí y aquí.

Giró la pila de papeles y extendió la birome. Él la tomó, y mientras firmaba pensaba en cómo averiguar qué estaba pasando. Por más fantasías que hubiera tenido sobre la muerte, nunca había imaginado esto. La voz de la mujer cortó sus pensamientos.

-    Al salir de esta oficina vaya al fondo del pasillo y doble a la derecha. La tercera ventanilla, donde hay una cola larga de gente, es Asignaciones. Presente este formulario ahí.

-    ¿Ahí me dicen qué me toca? –

Jorge se daba cuenta de que la empleada había escuchado miles de veces esa misma pregunta, pero no podía evitar hacerla.

Ella asintió. Estaba claro que no había nada más que decir, así que se puso de pie mirando el formulario. De repente, se detuvo aterrorizado.

-    Este, disculpe, acá hay un error. Está marcado “Infierno” -, extendió el papel a la mujer, que seguía haciendo anotaciones en la pila.

Ella contestó sin levantar la cabeza.

-    No es un error. Pasillo al fondo, a la derecha, tercera ventanilla. Buenas tardes.

-    ¿Cómo que no es un error? ¡Yo no me merezco el infierno! – su voz sonaba extrañamente chillona, nunca había estado tan asustado – el infierno es para los Hitler, los Mussolini, el Papa. Yo soy un tipo que no hizo daño a nadie, ustedes no pueden condenarme sin que yo me pueda defender, ni protestar.

-    Señor, yo necesito seguir con mi trabajo, me quiero ir en horario, y si usted me distrae yo no puedo trabajar.

-    Yo no me voy hasta que usted no me solucione este problema, y si usted no puede, quiero hablar con su supervisor.

En el rostro de la mujer aparecieron algunos puntos rojos de irritación.

-    Señor, hay más gente que usted esperando eh…

-    Dije que no me voy y no me voy.

Se sentó pesadamente en la silla. La mujer respiró hondo y levanto el teléfono, mientras le dirigía una mirada asesina. Habló conteniendo el enojo.

-    ¿Don Pedro?. Tenemos un agitador.

Colgó el tubo. Ambos se estudiaron en silencio. Él repiqueteó los dedos impacientemente contra uno de los apoyabrazos.

continuará.





qué me importa tu celular.

27 11 2009

Ah, el celular.

Un elemento práctico y muy útil, que ha transformado el mundo “civilizado” a niveles que tal vez no podamos percibir en toda su magnitud en la actualidad, dado que hemos recibido con toda su fuerza esta verdadera revolución de las telecomunicaciones.

Es tal su infiltración en la sociedad que a menos de veinte años de su aparición masiva, los hemos adoptado y adaptado a nuestra rutina, y es la hecatombe cuando, en Año Nuevo por ejemplo, no podemos mandar el mensaje de texto a familiares y amigos que por algún motivo no se sientan a la mesa.

Debe decirse, sin embargo, que la telefonía móvil ha traído no pocos agobios a la vida cotidiana, entre ellos la conexión constante, inconveniente que puede superarse con esfuerzo y trabajo, oprimiendo la tecla “off” del aparatito.

Pero hay algo peor, mucho peor que la imposibilidad de estar fuera del área de cobertura.

La charla sobre celulares.

De todos los tedios que debe soportar el ser humano en su paso por este mundo, no debe haber ninguno más torturante, mas sinsentido que el que inicia con “me compré un celular”.

Entiéndalo: A NADIE le interesa charlar sobre telefonía móvil.

La gente que puede sostener una conversación de más de dos minutos y medio sobre celulares no tiene imaginación, es intelectualmente pobre y tiene poco vuelo para entablar una relación social.

Todos son iguales. No importa cuantos chiches traigan, cuanta memoria, cuantas tipografias o fondos de pantalla. Todos sirven para lo mismo, aunque nos hayan convencido de que tal es mejor que cual.

¿Dónde quedó la época en la que el teléfono era para hablar por teléfono? ¿Por qué somos tan maleables como para comprar, ya no desde lo material, sino también desde lo discursivo, los atributos extras de un aparato que debería tener un único objetivo?

La charla sobre celular es el último refugio de quienes no se soportan pero deben pasar una determinada cantidad de tiempo juntos. Por eso son populares en los encuentros familiares obligados, como fiestas o cumpleaños.

Es una forma poco comprometida y al parecer sencilla de pasar el tiempo y evitar los silencios incómodos.

Pocas cosas más desagradables que oir a la tía jubilada diciendo que tiene Blackberry, como si supiera de qué habla, y como si eso fuera un plus a algo, que ni nosotros ni ella sabemos qué es.

La verdad es que detrás de la conversación trivial sobre el celular (como de muchas que son del mismo estilo), está el no hacerse cargo de lo apestosamente superficiales que son nuestras vidas, de las cuales perdemos valiosos minutos cada vez que decimos cosas como “bluetooth” o “infrarrojo”.

Un consejo: Si usted siente deseos de hablar sobre su móvil, llame al servicio técnico de su empresa El telemarketer que lo atienda agradecerá que no lo insulte, y se prestará gustoso a escuchar sus disgresiones.

Pero por favor, no someta a los suyos a semejante fastidio.

Muchas gracias.

*(esta entrada esta inspirada en la última del señor Geraldinho, autor y pilar del divertido No te vayas, estúpida, como un aporte a lo que él ha dado en llamar “cacareo social insustancial” . Es que es así, el bloguerismo se retroalimenta).





la inseguridad es un best seller.

25 11 2009

Usted, que cree en la autoayuda, evidentemente es una persona muy, muy trastornada.

Es duro, pero alguien se lo tiene que decir.

La autoayuda es una de las más perversas formas de hacer dinero que ha brindado el siglo XX.

Y usted ha caído en esa trampa.

Quien sabe si por algún trauma que no pudo superar o por algún lapsus, un día vio impreso en letras de molde algo que le pareció lindo o que ya sabía pero no se animaba a admitir, y se maravilló.

La autoayuda funciona como las religiones: alguien le dice a usted lo que debe hacer, lo que debe pensar para ser feliz y usted va y se lo cree. Se cree la felicidad.

Está bien, cada uno intenta pasar por este mundo miserable como puede.

Pero no deja de ser indignante saber que  los delincuentes que escriben estas paparruchadas se están autoayudando a sí mismos gracias a los morlacos que usted y gente como usted gira a sus cuentas abultadas.

No hay mucha diferencia entre una novelita de Corín Tellado y una ridícula lección de vida sobre cosas tóxicas. Ambas son ficciones que funcionan porque apuntan a dos grandes aspiraciones de nuestra especie: el amor eterno y a la posibilidad de cagar al otro antes que el otro lo cague a usted.

El gran mérito del autor de libros de autoayuda no es su capacidad para lo obvio, sino saber que el ser humano es débil y aprovecharse de ello.

Aprovecharse de usted.

No confíe en lo que dice un fulano cualquiera que intenta convencerlo de que todo va a estar bien. Le está vendiendo espejos de colores.

Avívese. Lo están estafando. Nadie, salvo usted (y a veces ni eso) tiene la solución a sus problemas. Menos que menos alguien que no lo conoce.

Piénselo así: si es autoayuda, usted puede resolverlo solo. Si lo que necesita es ayuda – y está claro que es así, sino no gastaría plata en Ari Paluch -, sea serio y honesto consigo mismo, hágase ver por alguien que tenga un título que lo habilite a tratarlo. No es garantía de nada, pero al menos podrá verle la cara.

Y sobre todo hágale un favor al resto del mundo: no intente evangelizar a los demás como si esas porquerías fueran la verdad absoluta.

Es indignante, es molesto y genera muchas, pero muchas ganas de burlarse de usted.





el hombre de piedra.

23 11 2009

Cuando se vio la punta del dedo meñique notó algo raro.

Fue al baño a lavarse, pero nada. Era su piel la que se había tornado gris y más sólida.

No sentía dolor, sólo una cierta rigidez que nunca había sentido antes. “Qué extraño”, pensó.

A la mañana siguiente, el asunto era francamente preocupante. Todo el dedo. Era como si se estuviera convirtiendo en piedra. Pero no podía estar convirtiéndose en piedra. ¿O sí?

Esa misma noche estaba frente a un grupo de médicos que lo contemplaban estupefactos. Sus brazos y piernas se habían tornado mineral sólido. Podía razonar y hablar a la perfección, pero ya no podía moverse.

Los doctores trabajaban contrarreloj buscando una cura a esa enfermedad que nunca habían visto. Cerca de la medianoche le comunicaron que probablemente no llegara a la mañana siguiente. Lo que suponían un virus seguía avanzando, y no creían que hubiera nada que hacer.

Desesperado, confundido, sabiendo que esas insólitas horas eran las últimas, mandó llamar a su anciano padre. Sabía que ver a su hijo en ese estado le rompería el corazón, pero necesitaba decirle adiós. Era su única familia en el mundo, y aunque algunas diferencias que ya no parecían importantes los habían separado muchos años atrás, no quería irse con esa carga en el corazón.

El viejo llegó de madrugada, luego de de viajar en micro desde la ciudad costera en la que vivía.

Entró en la habitación, en la que una pantalla titilaba monitoreando la actividad cerebral del pobre moribundo, que para ese momento era una estatua con cabeza humana.

El padre se acercó a su único hijo y lo tocó en la mejilla, que se iba endureciendo progresivamente.

El hombre de piedra ya no podía abrir la boca. Miró a su visitante con ojos amorosos, esperando que no hicieran falta palabras.

El viejo se irguió, sosteniéndole la mirada, apoyando todo su peso en el bastón. Suspiró, y con impotencia apenas contenida, exclamó:

- No podías convertirte en oro, ¿no? – se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta – no hay caso, siempre fuiste un completo inútil.

Antes de que su cerebro se transformara en roca sólida, mientras lo veía salir, el hombre recordó qué era lo que más le molestaba de su padre.

Era esa gente a la que nada, pero nada, le venía bien.





berretadas (II).

21 11 2009

Miami.

Miami debe ser una de las ciudades más grasas del mundo.

El problema, claro, no es Miami en sí.

Usted puede no haberla pisado nunca, sin embargo es muy probable que tenga una idea que acertada o no, remite a algo muy concreto: un imaginario social que los nuevos ricos, apoyados por los medios de comunicación, han generado sobre esa ciudad.

Es un lugar para gente que usa cadenas de oro con el signo “$”,se viste con etiquetas y anda en autos que podrían alimentar a varios cientos de personas durante un mes.

En Miami hace calor.

Está lleno de gusanos y de turistas pasados de cirugías (que usan ropa ajustada y fluorescente – o animal print -), y no tienen en la vida otro interés más que consumir, consumir y consumir.

No hay identidad. Solo reiteración de poses y sonrisas de dependiente de local de baratijas.

Es el culo de un imperio, pero qué culo, piensan ellos.

Un culo como los de Showmatch. No importa cual, porque da lo mismo. Son todos iguales, pertenecen a muñecas inflables que a veces hablan para decir cosas plásticas. Cosas que diría una muñeca inflable, si pudiera hablar.

Nadie con un mínimo de sensibilidad puede entender cómo es que la gente va a Miami, y mucho menos, cómo es que lo cuenta.

Se ha convertido en el lugar común de los tilingos.

Ellos creen, dentro del delirio en el que viven, que los que piensan así lo hacen por envidia. Pero no.

Es puro y llano desprecio por la incapacidad de acceder al concepto de buen gusto.

Porque en un mundo lleno de belleza, elegir ir a Miami es como mirar el programa de Julián Weich, cuando en el canal de al lado están pasando El Padrino.





sáqueme esta duda (II).

19 11 2009

Es que la interné es un oráculo.

Cuando uno ve que alguien llegó a su blog a través de la siguiente consulta en buscadores:
“que senifica cuando un hombre de aries no duermes y se desvela todas las noches”.

¿Qué debe hacer?

1. Cerrar el blog.
2. Preocuparse más por la redacción que por el contenido.
3. Viceversa.
4. Admirarse por la especificidad de la consulta.
5. Salir a matar gente, total, esto no tiene remedio.





nena, ese muchacho no te conviene.

17 11 2009

En un servicio a la comunidad, no entiendo nada le acerca a la mujer posmoderna algunos datos para tener en cuenta a la hora de decidir si ese señor que ha hecho merecedor de sus favores realmente merece dicho merecimiento.

Desconfíe de un hombre si:

  1. Disfruta las publicidades del desodorante Axe.
    Las campañas de Axe han dejado de ser trangresoras hace por lo menos cinco años. Ahora son simplemente estúpidas y repetitivas. Cualquier hombre al que le hagan gracia, secretamente desea ser una máquina sexual y que usted sea una tonta con tetas a lo Milo Manara que piensa con la vagina y se arrastra ante un perfume que huele a pastilla para inodoros. Si no puede entender que va a seguir siendo el mismo bobo de siempre, solo que perfumado, no pierda su tiempo con él.
  2. Es caballero.
    Evitemos interpretaciones erróneas. Caballero no es lo mismo que educado, amable o considerado.
    Ese tipo nunca la considerará una igual. En el fondo, cree que usted no se puede valer por sí misma, y está dispuesto a ser quien le solucione la vida. En realidad la quiere en casa, criando a sus hijos y alegrando el hogar, porque se quedó en los ’50. Si él cree que usted es una flor delicada a la que hay que mantener entre algodones, regálele un ramo de petunias y despídase amablemente. No espere respeto de su parte, porque no lo va a obtener.
  3. Le dice que prefiere quedarse con usted antes que ir a jugar un solteros contra casados.
    Mentira. No se deje llevar por la estupidez romántica de que antepone pasar tiempo con usted a cualquier otra cosa. Ningún hombre, puesto a elegir entre su mujer y el futbol, elige lo primero. Salvo que tenga problemas para sociabilizar o padezca algún síndrome de dependencia. En ambos casos, debe descartarlo de inmediato. Ese hombre no tiene amigos. Y ya bastantes problemas tiene usted para sumar un antisocial a su vida.
  4. Le jura que su mejor amiga, que es un camión, en realidad no está tan buena.
    Otra mentira. Usted sabe que su mejor amiga es irresistible, en los años que llevan de amistad, el 100% de los hombres que ha conocido se han sentido atraídos por ella. Es casi un dato objetivo, lógico y esperable. Si usted fuera hombre, trataría de levantársela. Pero él le dice que no, que no es para tanto. Cuídese de estos especímenes. La quieren convencer de que son algo que no son. Cuando menos se lo espere, lo va a encontrar mirándole el escote con baba en las comisuras, o aprovechando la borrachera de algún casamiento para decirle alguna barbaridad. Y ahí lo va a tener que matar. Ahórrese el trabajo y huya cuanto antes.
  5. Es homofóbico.
    Como el término lo indica, este ejemplar siente rechazo hacia los homosexuales. En psicología, eso se llama proyección. Si se queda con él, lo hace bajo su responsabilidad. Pero que no la sorprenda que en algún momento, su otra mitad prefiera la compañía de ese amigo suyo al que siempre miró con asco y tildó de “loca”. Queda advertida.
  6. Le gusta Arjona.
    Un tipo capaz de defender los berridos de este machista recalcitrante no tiene sentido estético. Es un básico. El buen gusto lo dejó en alguna esquina y cree que las mujeres realmente quieren escuchar poesía acerca de la menstruación. Además, seguro que es putañero. O taxista.

*Gracias a Walter por la asistencia técnica para  esta entrada.





civilización (IV).

16 11 2009

Para saber qué pasó antes, lea acá.

*****

-  Nosotros estamos muy bien así – seguía hablando el librero – tenemos nuestras costumbres, nuestras tardes tranquilas, nuestras siestas, nuestros asados los domingos…

-  Uy, bueno, no saben lo que es la carne del “Compre mucho”, para chuparse los dedos, ¡y los chorizos, no saben lo que son los chorizos!

-  No, usted no entiende. Nuestra carne es mucho mejor.  No queremos carne importada. – dijo la maestra con toda la pedagogía de la que era capaz en ese momento.

-  ¿Cómo importada? No, no. Es carne nacional.

-  Llamamos importada a la carne que no es del pueblo. – el hijo de la médica cerraba los puños para no irse encima de ese hombre desagradable.

El camionero lo miró.

-  Ah. Ah. Claro. Pero ¿tienen vacas acá? Yo no vi ninguna cuando venía.

-  Las vacas son sagradas. Sería un sacrilegio comerlas – remató el cura.

Las cosas estaban poniéndose muy extrañas. Los pueblerinos estaban tomando una actitud francamente hostil hacia el recién llegado, que no sabía bien como reaccionar a las miradas antipáticas. Pero había algo más. Algo que él no podía definir bien, que comenzaba a ponerlo en alerta.

Decidió cortar por lo sano. Definitivamente había algo raro. Un sentimiento mezcla de compasión y miedo lo llevó a cerrar esa charla que se estaba tornando un tanto inquietante.

-  Bueno, miren, vamos a hacer lo siguiente. Les propongo algo. Yo voy a desandar el camino. Cuando llegue a una zona con señal, voy a decir que no existe el pueblo, que teníamos mal las coordenadas. Eso va a darles tiempo para hacer los reclamos necesarios. Quizás puedan modificar lo que va a pasar.

Todos asintieron con lo que él interpretó como alivio y agradecimiento. La tensión que sentía se aflojó en un segundo.

El intendente le extendió la mano para cerrar el trato.

-  Siendo así, lo invitamos a usar el teléfono del almacén –  en la voz del hombre podía detectarse ahora el buen humor -. Y de paso a beber y a comer algo, debe venir cansado.

Y no le soltó la mano, sino que lo atrajo hacia sí y le paso el otro brazo sobre el hombro. Se vio rodeado por el resto del pueblo, que lo miraba con naciente estima. Se sintió importante.

“Qué bueno es hacer algo por los demás” pensó el camionero. “Por ahí puedo venir de vacaciones con la Coqui. Parece tranquilo el pueblito éste”, y se dejó llevar, mientras se vanagloriaba internamente por su capacidad de empatía.

Mientras el intendente se lo llevaba, seguido por varias decenas de personas, quedaron atrás la médica, su hijo y el dueño de la librería, acompañados por algunos lomitenses más. La médica se dirigió a su hijo y a otros jóvenes que lo rodeaban en tono calmo pero incuestionable.

-  Vayan con el camión a la entrada, agarren el cartel de bienvenida, cárguenlo  y llévenlo varios kilómetros al oeste. Ocupense de los carteles indicadores que están cincuenta kilómetros más allá, ya saben cuáles – todos asintieron. -Después sigan un poco más, vayan hasta el río y tiren esta porquería ahí. Lleven otro auto para volver.

Los chicos corrieron a cumplir con las órdenes. La médica y el librero emprendieron la marcha hacia el ramos generales.

-  En unas horas tenemos que empezar a hacer el fuego– dijo él, mirando el cielo despejado. - Va a estar linda la noche para comer al aire libre

La médica asintió.

-  Parece que vamos a comer carne importada, ¿no? – comentó el hombre.

-  Parece – se encogió de hombros -. Está bien. De vez en cuando no viene mal un cambio de hábitos.

 

* Muchas gracias al Sr. Viñao, que de buena onda se dedicó a corregir los errores de redacción de esta historia. Sí sí, desinteresadamente. Y después dicen que no hay gente buena en el mundo…